Una situación fría, el transeúnte cae diezmado por un desconocido, que luego de jugar con la casualidad, elige a su victima, asienta el disparo mortal. El hombre de unos cuarenta años de edad es incapaz de susurrar, siquiera, una sola palabra. Ha muerto.
Aquellos que han sido testigos del brutal hecho no lo pueden creer, ha muerto, no respira, se imaginan en su lugar, siendo victimas sin quererlo de una muerte que no pide citas, de manos de un loco, despistado y enfermo. Una fugaz airada de azufre acompaña esa terrible persecución existencial.
En el siguiente momento, una mujer joven, perlo negro, ojos pardos llora perdidamente, el hombre del que se enamoro, yace tirado en el suelo, en cual escena de ficción, la sangre, el asesino, el arma, la policía y la percusión se unen.
Todos los presentes y los pasantes se solidarizan con quien no conocieron, y una mala jugada de la vida ha hecho que le vean en tan tristes circunstancias. Todos se lamentan. Todos parecen renegar de la inseguridad, de la impotencia ante el fenómeno de la muerte.
Y sin embargo nada es como parece, el actor no sufre, todo es de utilería, los que pasan, los que se admiran, los que lloran y los que acordonan el área, son actores de oficio.