Una vez que aparece se siente en la Gruma de las mañanas, en el sabor de la comida, justo a unos pasos de la mesa, en el sofá, en la ducha, en el piso acostado, caminando hacia la calle, en la ventana, viendo al horizonte, subiendo la montaña… en cualquier parte.
Se siente en las ilusiones, los pensamientos y los sueños, está siempre presente, tiene cabida sin invitación, acongoja a los débiles, y da lagrimas a los desposeídos, hace fuerte a los rebeldes y humildes a los fuertes.
Vuelve mala a la mujer que solo buscaba conocer del amor, hace malo al hombre que juro ser fiel en la pobreza, en la riqueza, en la enfermedad y hasta la muerte, hace vulnerable a la mujer que siempre soñó con un marido perfecto, vuelve débil al cómplice en ese carrusel de dudas, hace asesino –aunque sea solo en la mente- al doliente.
Hace que las caras felices lleven una penitencia por dentro, que los amores eternos mueran antes de tiempo y que cupido use balas y no flechas, hace que Venus sufra y que Paris sea solo una ciudad.
Hace que la amistad sea una obra teatral, donde nadi muere y nadie vive, donde todos están en el limbo, justo en el paso antes de la muerte, como lo había descrito homero.
Está en cada mirada, en cada sonrisa, en cada palabra, un síndrome de locura, problemas existenciales y dolor, el síndrome de la traición, una vez que ataca, todos perdemos, nadie gana.