La lluvia roja.
La gasolinera Shell, había sido abierta en 1993, tenia un par de bombas viejas, que muy bien simulaban un taller de chatarras… parecía que los años se habían detenido en el único lugar a 80 kilómetros a la redonda donde los automovilistas llenaban el tanque de sus coches, estaba a las afueras de San Idelfonso, ir allí era hacer un viaje dominical, aun que fuese miércoles, la calle estaba franqueada por innumerables especies de árboles, y de ellos colgaban diferentes plantas, arbustos y bejucos que aun siendo parásitos tropicales de estos bosques improvisados, parecía una armonía total.
No había en el pueblo, otro lugar para decernir los vicios, era un negocio abundante, el cigarro, el licor y la gasolina se vendían por igual, era una gasolinera, bar, restaurante, y motel, uno en todo y todo en uno.
Las paredes de todo el lugar parecían sacadas de una escena de miedo, la pintura verde se había descascarado, y dejaba a la intemperie las capas de pintura, que antes había sido verde, antes amarilla y antes blanca… el tiempo estaba pasando, y el lugar parecía inmune a la modernidad.
Las únicas siete mesas del lugar, habían sido construidas de los árboles de cedro que se habían talado de la terrecería. La caseta, la nave de la gasolinera, las paredes y los techos del restaurante, todo, estaba hecho de madera del lugar.
Cada lunes a las cuatro de la tarde llegaba a repostar los tanques de la gasolinera la “pipa roja”, cuyo sobrenombre en todo el valle era “la negra” a simple vista parecía una contradicción, un camión cisterna llamado “la negra”, por lo general en los pueblos, como este, en el cual nací, el color negro era sinónimo de malo, muerte, brujería… de todo lo que daba miedo.
La negra tomo el nombre de su antecesor, un camión cisterna verde olivo desgastado, marca Mach, fabricada en estados Unidos en 1981, un ejemplo practico que las maquinas son fuertes, soportan el tiempo. Era una mezcla entre un motor de tractor y un cilindro acostado con ruedas.
Ese día, era un 23 de febrero de 2005, nadie sabe como sucedió, pero el camión cisterna verde exploto en llamas, con los cientos de litros del liquido inflamable rociándose por las únicas dos calles de San Idelfonso, las pipas debían pasar por esa ruta para repostar la gasolinera.
Las gotas eran como una lluvia de fuego. Una lluvia roja. Era como si el cielo castigaba a la gente con gotas de lluvia mala, la negra tuvo en su haber 40 almas. La gente dejó de creer en Dios, los paseos por la carretera eran al campo santo.
En el pueblo hay tres ruinas: el camión cisterna que yace en medio de la nada en un predio baldío donde dieciocho palos cercan un chasis viejo y cuatro cosas que parecen haber sido llantas; la gasolinera, cuyas paredes ya no tienen color, y cuyos techos son unos cuantos palos carcomidos por la humedad del invierno: y la gente que sigue preguntándose porque a veces la lluvia cambia de color, mirando al cielo y ofreciendo ofrendas florales cada dos de noviembre.
Al ver a la persona más mayor del pueblo, y preguntarle sobre lo que sucedido, dice: “Cada dos de noviembre, sabemos que aquellos fieles por quienes venimos a orar, ya que han acabado su vida terrenal, no se encuentran en el purgatorio. Sus almas llegaron de una vez al cielo.”